Acróbata – Fiel a su nombre

Al hablar de Rapel solemos pensar en el lago, a ciencia cierta embalse, que actúa de balneario para amantes de los deportes naúticos, pero en términos vitivínicolas la DO Rapel aplica a aquellos vinos producidos en base a uvas procedentes en conjunto de los valles de Cachapoal y Colchagua, o administrativamente toda la región de O’Higgins.

Cachapoal, cruzado por el río del mismo nombre, considera la franja norte del territorio y su principal terroir es Peumo; en tanto Colchagua abarca el costado sur además de la franja costera de la región, su principal curso fluvial es el Tinguiririca y entre otros destaca el terroir de Apalta.

El camino que une ambos privilegiados terruños se inicia entre los extensos cultivos de Peumo, con sus vides que abarcan todo el valle hasta perderse en las laderas de los montes de la Cordillera de la Costa, y que son todo un espectáculo a la hora de la puesta de sol: avanza entre casonas coloniales custodiadas por extensas murallas de adobe y enormes palmas centenarias; transita junto a las añosas azudas de Larmahue, cruza pequeños pueblos rurales con iglesias de de fines del siglo XIX, y serpentea entre faldeos cubiertos de parras, frutales y olivos, que bien podría parecer un paisaje arrancado de la Toscana, hasta arribar a los extensos viñedos de Apalta.

El valle de Apalta transcurre entre la ribera norte del río Tinguiririca y las serranías de la Cordillera de la Costa donde la bienvenida es dada por los viñedos de Lapostolle coronados por la arquitectura del Clos de Apalta Residence, considerado por Conde Nast en el tercer lugar dentro del ranking de los mejores resort asociados al vino en el mundo; seguidos por las plantaciones de Viña Montes y su restaurant Fuegos de Apalta donde cada cierto tiempo se puede ser atendido por su copropietario, el célebre chef argentino Francis Mallmann; para luego dar paso al fundo La Roblería, hogar de las parras de Viña Ventisquero, y finalmente en lo más escondido del valle encontrar una antigua casona colonial donde Viña Neyén cultiva y produce Espíritu de Apalta, una de las joyas de estas tierras.

Las vides que hoy dan vida Neyén provienen de algunas de las parras más antiguas cultivadas en Apalta y no es de extrañar que por lo mismo sean las que mejor expresan dicho terroir. Durante años el ingeniero agrónomo Jaime Rosello se dedicó a vender estas uvas, propiedad de su suegro, a las grandes viñas de la zona hasta que optaron por producir su propio vino. A poco andar el éxito del mosto llamó la atención de la hispana Veramonte que tras ingresar a la propiedad del viñedo y bodega tomó control del proyecto y convirtió a Neyén en su ícono.

Con el añoso viñedo de Apalta ahora bajo la dirección de Veramonte, Rosello se lanzó a la tarea de producir su propio vino desde la idea de que “al no tener las tierras, montes nativos, el rio, la casona, las parras antiguas, las quebradas maravillosas, cascadas y bosques, no tenia nada”, según señalará en una entrevista el 2015. Pero si contaba con la experiencia de haber vendido sus uvas a otros productores durante casi quince años y de esa misma forma ahora era él quien podría comprar a otros para sacar adelante su propio proyecto; y tras unirse al enólogo Patrick Vallete estableció como norte reunir la esencia del amplio valle de Rapel en una botella.

Acróbata es un vino fiel a su nombre, primero porque Roselló debió realizar verdaderas acrobacias para producir y luego dar a conocer su mosto, tenacidad que sirvió de ejemplo para otros y que lo llevó a ser el presidente de MOVI (Movimiento de Viñateros Independientes); y luego porque se sostiene en un delicado y perfecto equilibrio entre dos de las joyas de Rapel: el Carmenere de Peumo y el Cabernet Sauvignon de Apalta.

Review

Ensamblaje 60% Cabernet Sauvignon, 30% Carmenere y 10 % Syrah, Acróbata completa su crianza con una guarda de 18 meses en barrica de roble francés. Un coupage y guarda quizás nada “fuera de lo común” pero con un resultado sorprendente.

Usualmente estos blend pecan de cierta sobre estructura que los esclavizan a acompañar gruesos cortes de carne o a una larga estiba en cava hasta domar su intensidad y cuerpo. Pero este vino, con la agilidad propia de un “Acróbata”, resulta fluido y vivaz a primera mirada lo que le permite adentrarse en los habitualmente vedados terreno del maridaje de charcutería, carnes blancas e incluso algún pescado azul asado a las brasas.

Rubí intenso de borde rosado y ribete claro. En su nariz nos muestra cereza, arándano, frutos secos, higos, cassis a los que con algún tiempo de guarda suma notas de violeta y dátiles.

En boca destaca su equilibrio y sobre todo fluidez, en especial para un vino de perfil terroso. Fruta madura, acidez viva, taninos sedosos, amables y especiados. para concluir en un largo y cálido final con dejo a cassis.

Se aprecia mucho mejor en platos que cuenten con ese mismo equilibrio como la crocancia de cortes de cerdo cocinados al sartén, acompañados del frescor de la ensalada chilena (tomate, cebolla y cilantro) y trazos de acidez aportados por algún encurtido.

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