Morandé Gran Reserva Malbec 2014

«¿Porqué querría la copia si puedo tener el original?» es una máxima que suele guiar las decisiones de compra de los consumidores en cualquier parte del mundo y es uno de los principales factores que los productores toman en cuenta al diseñar sus productos.

En materia de vino no es distinto. La explosión del Pinot Noir californiano se produce cuando cesó su intento de parecerse al Nuits-Saint-George de la Bourgogne y encontró un exitoso camino propio, el Shiraz australiano es ampliamente valorado por sus diferencias con el Syrah producida en el Hermitage francés, y el éxito de los Sauvignon Blanc en Chile y Nueva Zelanda se debe a mostrar la variedad en una faceta muy distinta a lo que habitualmente encontramos en un Sancerre o Bordeaux.

En esta mismo sentido uno de los grandes frenos al desarrollo del Malbec en Chile ha sido precisamente su condición de vecino con Argentina, quien ha hecho de la cepa su buque insignia, y sobre todo plantear mayormente su cultivo y vinificación en términos muy similares a lo he hecho en el amplio terroir mendocino.

Los largos y calurosos días estivales garantizan la correcta y completa maduración de la uva a ambos lados de Los Andes. Sin embargo el flanco oriental del macizo sudamericano asciende en forma mucho más gradual que su abrupto contraparte al oeste.

De esta forma los viñateros argentinos han podido trepar con creces sobre los 1.000 msnm, encontrando aun amplios valles, como es el caso de Gualtallary, donde los fríos vientos de estas alturas cordilleranas actúan como regulador térmico, permitiendo una maduración más pausada que no sobre concentre la fruta a la vez de conservar su preciada acidez. En tanto a esta misma altitud en la cara occidental tan sólo encontramos profundos cañones y majestuosas paredes verticales que solo permiten el crecimiento de escasos arbustos y cactáceas.

Aunque existen honrosas, pero contadas, excepciones; el Malbec chileno de pie cordillerano parecía destinado a su condición de sobre maduro, grueso, algo excedido en alcohol y corto de acidez, sin embargo hace poco más de una década algunos viñateros optaron por romper el «paradigma cordillerano» y cambiar las laderas andinas por los faldeos de la Cordillera de la Costa en busca del frescor aportado por lo vientos y nieblas procedentes del Pacífico.

Casablanca dentro del valle de Aconcagua, Marchigüe en Colchagua y Pencahue en el curso del río Claro en Maule demostraron que el Malbec nacional no solo podía mostrarse perfectamente equilibrado sino también expresar una personalidad propia absolutamente distinta a lo que tradicionalmente encontramos allende Los Andes.

Los aromas de fruta negra perdieron su dominio exclusivo sumándose fresa, zarzaparrilla y frambuesa, floreció la violeta, lavanda y rosas rojas además de notas herbáreas y herbáceas. En boca la fruta cocida mutó en fruta fresca, el cuerpo se hizo fluido, en especial al vinificarse en fudres, se suavizaron y endulzaron taninos y el cassis marcó presencia en su final.

Gran Reserva Malbec 2014 de Viña Morandé es uno de estos vinos. Resultaba lógico que la bodega que abrió la vitinicultura nacional a los valles de clima frío fuera también una de las primeras en, contra toda recomendación, dar la espalda a Los Andes y buscar de cara al Pacifico el futuro de la cepa.

Procedentes de antiguos viñedos de más de sesenta años cultivados en las laderas del río Claro en la la localidad de Pencahue, en las puertas mismas del secano costero maulino. Ensamblaje 96% Malbec y 4% Cabernet Sauvignon criado durante 16 meses en fudres de roble que robustecieron su cuerpo sin quitarle ligereza. Descorchado a siete años de su cosecha mantiene su fruta y acidez perfectamente vivas y comienza a dar luces de una notable evolución.

Tenues reflejos azulados hacen transitar su tono entre el púrpura y rubí, en tanto su nariz entrega una mezcla de ciruela roja, arándano, fresas y moras, además de muy suave vainilla, tabaco, violetas y delicado cassis.

Su boca podría definirse como un fresco jugo de granadas de acidez viva, tanino sedoso con notas de caramelo, y un final medio donde nuevamente el cassis cobra protagonismo.

La vivacidad de su fruta y acidez le auguran aún unos cuantos años por delante y resultará muy interesante probarlo cuando exprese sus terciarios. Beber hoy o esperar es siempre la gran disyuntiva de los buenos vinos y recomendaría optar por ambas si es que más de una botella se cruza en su camino.

Lamentablemente las apuestas aunque den excelentes resultados en términos de calidad requieren del éxito comercial para consagrarse y nuestro vox populi continúa inclinando las góndolas de los supermercados hacia el Cabernet Sauvignon y Carmenere. De esta forma 2014 fue la última añada de este magnífico vino y un coterráneo, 1865 Selected Vineyard de Viña San Pedro, también cerró sus puertas en 2018 trasladando su origen a Uco, de seguro en busca de mejores réditos internacionales, no por ser mejor sino por ser más fácil de vender.

Es de esperar que una nueva generación de clientes y productores termine de convencerse de que Pencahue bien puede ser nuestro Gualtallary.

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