Sopaipillas – Los panes del sur del mundo

Como es lógico suponer la Sopaipilla deriva de la Sopaipa española, un plan frito introducido por los árabes en Andalucía bajo el nombre original de Xopaipa (pan remojado en aceite) y que era un alimento común para comerciantes, soldados y aventureros que no siempre podían disponer de un horno para cocer sus masas.

Los conquistadores hispanos introducen la preparación en América durante el siglo XVI, pero su consumo fue opacado por las tradicionales masas de maíz, como arepas y tortillas de tacos, preparadas ancestralmente por los pueblos originarios del nuevo continente. Sin embargo en los territorios dominados por el aguerrido pueblo mapuche en el sur de Chile y oeste de Argentina, donde el cultivo de maíz era mas escaso, fueron ampliamente aceptadas no sin antes incorporar uno de los más preciados frutos andinos: el Zapallo.

Actualmente las sopaipillas es uno de los bocados más habituales en Chile. Hechas en base a una masa de harina de trigo mezclada con zapallo cocido y luego fritas en aceite o manteca de cerdo

En los fríos días de invierno es habitual consumir su versión dulce donde estas son remojadas en Chancaca, un almíbar de melaza saborizado con clavo de olor, canela y cáscara de naranja. Mientras su versión salada, que se suelen untar en mostaza, salsa de ají o pebre, es un clásico de los puestos callejeros en las grandes urbes.

En la tradición campesina son parte integral del “asado a la chilena”, usadas para untar el Pebre (salsa en base a tomate picado, ajo, cilantro y ají merkén), el célebre Chancho en Piedra (mezcla de tomate y cebolla rallados), cubiertas de quesos mantecosos o acompañar los embutidos servidos mientras se preparan las principales cortes de carne.

Estos típicos panes típicos resultan muy sencillos de preparar, tanto en sus ingredientes y técnica como en los tiempos de preparación.

  • 250 gr de Harina de trigo
  • 100 ml de agua tibia
  • 100 gr de Zapallo cocido
  • 3 cdas de Manteca de cerdo derretida
  • 1 cdta de Sal
  • 1/2 litro de de Aceite para freir

Comenzamos pelando y cociendo el zapallo hirviéndolo por diez minutos para luego molerlo con la ayuda de un tenedor hasta formar una pasta homogénea.

Cernimos la harina, formamos un típico volcán tal cual como cuando preparamos pan, añadimos la manteca derretida, el agua tibia, la sal y el zapallo molido. Mezclamos y amasamos hasta formar una masa suave y elástica.

Estiramos con la ayuda de un uslero hasta alcanzar medio centímetro de espesor, cortamos en círculos de diez centímetros, si deseamos que estas sean grandes, o cinco si las preferimos más pequeñas y las freímos en aceite muy caliente aproximadamente un minuto por cara. Escurrimos sobre papel absorbente y servimos inmediatamente.

Maridaje

El maridaje de las sopaipillas como e de cualquier otro pan o tortilla dependerá de los vegetales o proteínas que estas acompañen, así cuando estas se remojan en el dulzor de la chancaca sin duda un Late Harvest o incluso un vaso de Oporto, en especial en días fríos y lluviosos, resultan la mejor opción. Pero en el contexto del tradicional asado a la chilena donde se consumen en compañía de salsas en base a tomates y ajíes además de embutidos como chorizos y longanizas resulta ideal contar con la presencia de un tinto ligero, frutal y de baja carga tánica.

Itatino Cinsault 2019, Itata, Dagaz

Para estos fines podemos echar mano a una Garnacha española sin crianza o a un Beaujolais galo, pero al tratarse de un típico alimento del campo chileno lo mejor es optar por un vino vinculado a esa tradición campesina como son las cepas Cinsault o País.

En esta ocasión hemos seleccionado para estos fines a Itatino Cinsault 2019, oriundo de Guarilihue, Coelemu, en el valle de Itata y producido por Dagaz.

Este vino, obra del enólogo Marco Puyo proviene de suelos de granito descompuesto a tan sólo 20 kilómetros del Océano Pacífico y en su crianza tan sólo se utilizan huevo de concreto en los que permanece por 8 meses.

Mosto de suave tono rubí y capa baja. En su nariz nos entrega guinda, frambuesa, flores rojas, grafito y tierra húmeda (sello característico de Itata).

En boca es fresco y ligero, marcada por una contundente presencial frutal en forma de fresas en compota, seguido de punzante acidez.

Su cuerpo es particularmente elegante para lo habitual de la cepa pero sin perder por ello su perfil campesino y rústico, preservado muy bien por su vinificación. En su final abundan arándanos rojos y jugo de granada.

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