Terrunyo Carmenere 2018 de Concha y Toro

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El Carmenere tiene su origen en Bordeaux, tras creérsele extinto se redescubrió en Alto Jahuel, pero ha establecido su patria en Peumo.

La Cordillera de la Costa, que usualmente transcurres paralela a Los Andes, al ingresar a la región de O`Higgins se agrupa en una compacta isla de cerros que estrangulan el valle longitudinal contra el macizo andino en el paso de Angostura y se mantiene como un infranqueable muralla durante el siguiente centenar de kilómetros hasta que, precisamente en Peumo, el curso del río Cachapoal rompe al poniente abriendo el primer canal que comunica con el Pacífico.

Pareciera que todos los astros al servicio del dios Baco se alinearon para definir la ubicación de Peumo. Al noreste y suroeste lo encierran las serranías de la cordillera costera pero de suroriente a norponiente, siguiendo el cauce del Cachapoal, sus horizontes no solo parecen infinitos sino que también se cuadran casi a la perfección con el curso solar durante los meses de primavera y verano permitiendo que las uvas que allí se cultivan cuenten con hasta dieciséis horas de luz al momento del equinoccio.

Esta suerte de callejón abierto por el río no solo permite el libre transito de la luz solar sino que también conduce por las mañanas los vientos provenientes del Pacífico y por las tardes y noches aquellos que descienden de Los Andes que actúan como un magnífico regulador térmico dando a las uvas la opción de, merced una maduración pausada, conservar la siempre escasa acidez del Carmenere.

Finalmente sus suelos aluviales ricos en arcilla arrastrada durante milenios por las laderas de los cerros posibilitan que el sustrato retenga su humedad hasta avanzado el otoño, al tiempo justo para ser revitalizados por un nuevo invierno posibilitando que mientras buena parte de los vinos nacionales se vendimian entre marzo y abril el favorecido Carmenere de Peumo sea cosechado recién a fines de mayo otorgándole valiosas semanas de madurez adicional que le permiten atenuar al máximo su vilipendiada pirazina.

Al Carmenere se le suele criticar, y con razón, la habitual presencia de un verdor que se expresa en forma de aroma y sabor a pimiento verde que es fruto de no haber tenido el tiempo necesario para madurar correctamente, o al contrario una sobre estructura en cuerpo que lo hace un vino pesado y cansador fruto del cultivo en valles demasiado cálidos so excusa de asegurar su madurez. Sin embargo con el tiempo, las horas de luz y un clima templado que permita una maduración quieta y pausada el resultado es un vino armonioso, elegante, complejo y amable, y eso es lo que encontramos en Peumo y particularmente en Terrunyo.

Terrunyo Carmenere 2018, a tan solo tres años de su cosecha, no precisa decantador en forma excluyente, salvo para quien quiera acelerar su oxigenación aunque en rigor basta con el reposo en copa para percibir todas sus virtudes.

Perfecto tono rubí oscuro casi al borde del violeta y de gruesas lágrimas, surco marcado en la copa por el glicerol obtenido en la fermentación, que ya nos habla de un vino particularmente untuoso.

Las evocaciones organolépticas siempre son un asunto subjetivo pues, valga la redundancia, evocan aromas y sabores en base a los recuerdos de cada cual; de esta forma en su nariz alguno encontrará mora, otro arándano negro, hay quien señalará maqui y algún otro indicará incluso calafate, dando cuenta de que el mosto es un coctel de frutos negros en el que también se perciben algunas notas de cereza.

Mucho más objetivos son la percepción de su suave especiado, más cercano a la sutileza de la pimienta blanca, la presencia de higos maduros y delicada violeta. El aporte de la barrica se muestra en forma de cedro y la que en otros en una molesta traza pirazínica acá, gracias a una correcta maduración, se manifiesta en forma de pimiento rojo asado.

Boca sedosa y untuosa en cuerpo que abre su paso en paladar con un grato dulzor frutal que se equilibra perfectamente en la lograda acidez del caldo que sin ser vibrante, nunca lo será en un Carmenere, entrega la necesaria cuota de balance y con su persistencia alarga el paso en boca de un vino ya de por sí largo.

Taninos amables, que algunos definirán como aterciopelados, con un suave gusto especiado que por supuesto aún se pueden redondear más, dan paso a un final largo y redondo que impregna notas de cassis en el retrogusto.

Recomiendo observar y disfrutar este Carmenere al menos en tres estadios: joven y vivaz tal como en esta revisión, en plena adultez pasando el quinquenio de su cosecha y próximo a su ocaso cerca de la década.

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