Mourvedre Rosé de Erasmo – alma Toscana en el Maule

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La historia del vino en Chile comienza con la llegada de los conquistadores europeos que so excusa de proveer del mosto para las misas iniciaron el cultivo en Chile. Varios siglos después los magnates nacionales, luego de amasar sus fortunas gracias a las industrias extractivas , buscaron asemejarse a la rancia nobleza europea construyendo enormes palacetes que rodearon de enormes viñedos con variedades traídas de Francia, las que terminaron renovar y revitalizar la vitinicultura nacional.

En las ultimas décadas la presencia europea nuevamente ha tomado un importante rol en el destino del vino chileno, ya no por la incorporación de nuevas cepas sino por una interesante actuar de enólogos y empresarios del viejo continente en los viñedos nacionales.

Como ya señalamos en la segunda mitad del siglo XIX latifundistas y magnates del carbón, salitre y comercio quisieron perpetuar sus apellidos mediante la actividad vitivinícola. Pasado más de un siglo la mayoría de esas bodegas se han convertido en sociedades anónimas, en muchos casos ya sin participación de las familias fundadoras, pertenecientes a enormes holdings empresariales cuya propiedad final cambia según los caprichos de la bolsa de comercio.

Lo interesante es que al arribo de esta nueva generación de wine lovers foráneos no ha consistido en la toma de control de viñedos centenarios mediante la compra de acciones, sino que al contrario se ha centrado en la construcción de nuevas propuestas, en algunos casos poniendo en valor antiguas cepas y técnicas de vinificación, en otras aportando conceptos absolutamente innovadores a la industria nacional, pero siempre en busca de recuperar el concepto inicial de la viticultura centrándose en el terroir, el viñedo, la bodega y la consecuente calidad del vino por sobre las consideraciones comerciales.

Sin duda hemos tenido el desembarco de gigantes trasnacionales como la famosa Familia Torres española con la apertura de la bodega en Curicó que lleva el nombre de su fundador, Miguel Torres, también la venta de la centenaria Haras de Pirque a la familia Antinori con más de quinientos años dedicados a la producción de vinos en la Toscana o la presencia en el país de Alexandra Marnier, quien tras vender la propiedad del afamado licor galo Grand Marnier a la milanesa Cinzano reconvirtió la actividad familiar a la producción de vinos en el valle de Colchagua a través de la bodega Lapostolle; sin embargo una buena parte de los proyectos traídos desde el Hemisferio Norte se han centrado en sueños personales.

Algunos de estos sueños han sido a gran escala, como el del magnate noruego Alexander Vik quien tras hacer su fortuna en Wall Street durante la fiebre de las empresas puntocom se dio a la tarea de perpetuar su legado produciendo grandes vinos, inaugurando así en Millahue la viña que lleva su apellido y que ya figura en algunos rankings entre las marcas más valoradas del mundo; pero la gran mayoría han consistido “simplemente” en producir vinos de calidad a una escala familiar y humana, entre los que contamos al abogado suizo Mauro von Siebenthal con su bodega en Panquehue, al tonelero francés Thierry Villard que trajo un trozo de la borgoña a su viña boutique en el valle de Casablanca, o al enólogo californiano Ed Flaherty y su esposa Jenny Hoover que tras venir a trabajar en una vendimia se enamoraron del valle de Aconcagua. Pero sin duda uno de los casos más singulares es el del Conde italiano Francesco Marone Cinzano.

Francisco Marone Cinzano, como su apellido lo indica, es uno de los herederos de la enorme empresa italiana dedicada a la producción de licores en Milán y es dueño de la bodega Col d’Orcia productora del afamado Brunello di Montalcino en la Toscana.

En una de sus visitas a Chile este excéntrico empresario se enamoró de los viñedos del valle del Maule plantados en pie franco, método de cultivo prácticamente extinto en Europa desde la gran plaga de filoxera a fines del siglo XIX. Estas parras perfectamente naturales, orgánicas y sin presencia de injertos resultaron para Marone una visión de como cultivaban sus ancestros en la Toscana en base a las técnicas aprendidas de los mismos romanos y es así que decidió hacerse parte y preservar este legado adquiriendo el fundo Calíboro en el secano maulino.

Lo curioso es que el conde italiano mostrando que su pasión se encontraba más centrada en el vino a producir que en preservar su apellido, por cierto de sobra presente en sus activos en Italia, bautizó esta bodega con el nombre del campesino que por décadas había cuidado aquellas vides maulinas: Erasmo.

Review

Viña Erasmo se caracteriza por una producción a pequeña escala absolutamente orgánica privilegiando calidad por sobre cantidad. Sus vinos, que en un 80% se exportan al extranjero, no se comercializan en el retail masivo sino que solo están presentes en tiendas especializadas y en su vinificación hasta la fecha no participan ingenieros agrónomos ni enólogos sino se basan en exclusiva en el instinto y experiencia de los campesinos de Calíboro.

El Mourvedre Rosé de la bodega se basa en una de las pocas cepas introducidas al viñedo original mezclando así tradiciones de viejo y nuevo mundo.

Considerado uno de los mejores rosados nacionales se produce en pequeñas cantidades con uva orgánica cultivada en secano y fermentado con levaduras nativas, para luego ser filtrado y envasado logrando así preservar todo su frescor y complejidad aromática.

A la vista se nos muestra de un intenso y brillante rojo cobrizo, expresando en su nariz frambuesa, rosa mosqueta, flores silvestres, piel de mandarina y notas de canela.

En boca se percibe seco, ligero y marcadamente frutal, de acidez punzante, con ligeras notas de granada y cítricos en su final perfectamente equilibrado y sin los dejos amargos que usualmente se presentan en los vinos de este estilo.

Los vinos rosados suelen usarse para acompañar sopas frías, ensaladas y charcutería, todas categorías en la que el Morvedre Rosé de Erasmo cumple a plenitud, pero también por su intensidad y presencia también resulta idóneo para acompañar platos más complejos o de mayor cuerpo como guisos de legumbres, falafel y hummus bi tahini.

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