Neyén – 100% Espíritu de Apalta

Para quienes nos definimos como vinófilos, o wine lovers, visitar un viñedo o una bodega productora resulta un panorama ideal de fin de semana, sin embargo para evitar decepciones siempre es importante tener claro que esperar en estas visitas.

No son poco los lugares donde el acento está en resaltar el “abolengo” de la bodega y el ilustre apellido mencionado en las etiquetas. Las parras, principales actores, son vistas solo a la distancia, los detalles de la crianza no pasan de una rápida mirada a algunas barricas de roble agrupadas en un salón, y buena parte del tiempo se dedica a conocer la colección de automóviles del fundador y los jardines de la casona principal decorados por cierto paisajista europeo por encargo de la “primera dama” de la viña.

En otros casos los tour ofrecidos recuerdan esas visitas de escolares a algún museo o granja educativa, con la única diferencia de que terminan con la degustación de algunos vinos que en términos prácticos hubiera resultado más conveniente adquirir en cualquier anaquel de supermercado y beber con calma en casa.

Pero vale precisar que algunos viñedos marcan diferencia, en especial aquellos enfocados en la producción de pocas etiquetas pero de alta calidad, donde la ausencia de adornados salones y estatuas de mármol en los jardines obligan a que vid, barrica y vino sean los únicos y verdaderos protagonistas.

Uno de estos casos es Neyén, viñedo emplazado en lo más profundo del valle de Apalta donde conviven parras de Cabernet Sauvignon y Carmenere plantadas a finales del siglo XIX cuyos vástagos han asimilado a la perfección la calidez del valle, los suelos calcáreos de origen volcánico presentes en las laderas de los cerros de la Cordillera de la Costa y el sustrato arcilloso propios de la ribera del río Tinguiririca.

Por casi un siglo sus uvas fueron vendidas a otras bodegas de la zona siendo materia prima de algunos de los mejores vinos de Colchagua, hasta que un par de décadas atrás los dueños de las tierras en conjunto con Veramonte decidieron producir su propio vino que no tardaría en convertirse en el ícono de la hispana en Chile.

En Neyén no hay grandes jardines, ni colecciones de obras de arte, tan solo una casona de estilo colonial con una cuidada iluminación y decoración minimalista, una bodega de crianza, parras centenarias y un sólo vino: Espíritu de Apalta,

Las visitas al lugar comienzan con un pausado recorrido por el viñedo acompañado de detalladas explicaciones de algún enólogo, avanza en la sala de barricas donde se almacenan los mostos en proceso de crianza, continúa luego en la sala principal donde bajo una perfecta iluminación se realiza una cata vertical de tres añadas que permiten notar a la perfección los efectos que el clima de cada cosecha aporto al vino y los sútil evolución del envejecimiento en botella.

Con el tiempo dedicado, la caminata por el viñedo y la cata, la experiencia resulta más que satisfactoria para cualquier vinófilo, pero lo mejor ocurre al final cuando se da la oportunidad de hacer un picnic con una exquisita tabla de quesos, charcutería y frutos secos acompañado de una botella de Espíritu de Apalta en medio de las mismas parras donde se inició el circuito y que dan vida al mosto.

Review

Espíritu de Apalta es un ensamblaje bordolés cuyo coupage exacto varía año a año, aunque siempre en torno a un 50% Cabernet Sauvignon / 50% Carmenere.

Tras su fermentación el mosto de cada varietal es criado por catorce meses en barricas de roble francés, 40% nuevas, y luego mezclado en un fudre de 3.000 litros donde para su perfecta integración reposa otros seis meses antes de su embotellado.

Este blend se nos presenta de un brillante rubí profundo, ribete claro y gruesas lágrimas en copa.

En su muy compleja nariz se percibe grosellas negras, fresas en almíbar, ciruela deshidratada, piedra chancada, grafito, humo, tierra humeda, café torrefacto, tabaco rubio, vainilla, cedro, mocca, pimienta negra, tomate verde, hierba provenzal, cassis, cuero y algún dejo a alquitrán.

Untuoso y elegante en boca, acidez media alta, redondos taninos aterciopelados; delicada evolución en copa donde pasa del arándano y guinda de su opertura a suaves notas terrosas con presencia de dulce de leche en su final largo.

Mardar un ícono siempre resulta algo complejo pues un plato demasiado sofisticado robará protagonismo y uno muy sencillo no estará a la altura. Nuestra recomendación es disfrutarlo, tras una adecuada decantación, en compañía de una tabla de quesos, charcutería y fruta de temporada.

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