Grand Vin Le Pinot Noir – Casablanca borgoñesa

“A la Cabernet Sauvignon la hizo dios, y a la Pinot Noir la hizo el diablo…”

Con esta frase el enólogo estadounidense André Tchelistcheff graficó las complejidades en la producción de vinos de calidad con una y otra cepa.

Mientra la Cabernet Sauvignon se adapta a casi todos los terroir y suele sobrellevar sin grandes problemas las vicisitudes del clima, la Pinot Noir por su lado requiere específicas condiciones de suelo, es sensible a cualquier alteración climática y el menor descuido en el proceso de vinificación y guarda puede conducir al desastre.

La uva crece en racimos apiñados (de ahí su nombre) por lo que una lluvia temprana puede provocar una masiva putrefacción, su piel delgada es muy sensible a las altas temperaturas y madura en forma irregular, siendo necesaria una selección manual de las uvas para asegurar una alta calidad posterior. Finalmente la delgadez del mosto obliga a prestar suma atención al proceso de crianza para que en este no se absorba en exceso los aromas y sabores aportados por la barrica.

La fría influencia de Los Alpes y suelos ricos en mineral dotaron a la Borgoña francesa de condiciones ideales para la cepa que comenzó a ser cultivada durante el dominio romano en Galia.

Avanzado el medievo los duques borgoñeses promovieron el Pinot Noir entre las cortes europeas como el “vino más elegante del mundo” y su consumo se transformó en símbolo de estatus. La fama de la cepa aumentó considerablemente luego que Pierre Perignon la usara, junto al Chardonnay y Pinot Munier, como base del Champagne.

Recién en el siglo XIX la cepa es cultivada en pequeñas plantaciones al norte de Italia, bajo el nombre de Pinot Nero, y en la provincia catalana de Lérida bajo, la DO Costers del Segre. Por su parte en Alemania, conocida como Spatburgunder, se transforma en la uva tinta más plantada pero con una producción que a duras penas puede satisfacer la demanda interna.

En un mundo deseoso de beber la cepa, pero con una oferta limitada, el Pinot Noir no tarda en convertirse en el vino de mayor valor en el mundo y prueba de ello es que hoy en día una botella del Domaine de la Romanée-Conti, la bodega más reputadas de Borgoña, tiene un precio a público de U$ 10.000.– que se incrementa en un 50% en el caso de añadas extraordinarias, como fue la 1990.

El panorama cambia a mediados del siglo XX cuando las principales bodegas francesas, en su mayoría destruidas o saqueadas durante la Segunda Guerra Mundial, tardan más de dos décadas en recuperar su capacidad productiva, y la ocasión es aprovechada por los viñateros estadounidenses que rápidamente se convierten en los segundos productores de Pinot Noir a nivel mundial, concentrándose sobre todo en el valle del Río Ruso y la costa de Sonoma al norte de California.

Como dato curioso tras el estreno de la película “Sideways” en 2004, donde su protagonista interpretado por Paul Giamatti era un obseso fanático del Pinot Noir, las ventas de la cepa aumentaron un 33% en California y un 16% a escala global.

La experiencia norteamericana con viñedos emplazados a tan solo una veintena de kilómetros del océano llevo a que en Chile y Nueva Zelanda se explorará, con excelentes resultados, el cultivo de la cepa en zonas costeras donde las nieblas matinales y los fríos vientos del Pacífico Sur actúan como reguladores térmicos similares a la brisa Alpina que refresca los campos de la Borgoña.

Sin embargo para muchos no sólo el Atlántico separa los Pinot Noir de viejo y nuevo mundo, y es que los devotos de los vinos de la Borgoña postulan que su carácter es único e irrepetible caracterizado por sutileza frutal y una amplia paleta de aromas y sabores desarrollados con largos periodos de guarda en barrica y posterior descanso en botella, a diferencia de los nacidos en nuevo mundo donde predomina la intensidad y frescor de sus frutas que se expresan en forma vertical produciendo caldos que pueden ser bebidos incluso muy jóvenes.

Ciertamente el Pinot Noir americano al igual que el continente es una cepa joven; pero en su interior sus dos mil años de historia en los campos de Dijón permanecen latentes y deseosos de expresarse bajo la tutela de la mano correcta, y que mejor para esta tarea que la experiencia de quienes en sus vidas han seguido el mismo camino desde las sombras de Los Alpes a las costas del Pacífico.

Thierry Villard nació en Francia, aunque pasó buena parte de su infancia y adolescencia en Suiza y el Reino Unido. Al cumplir 19 años decidió descubrir el mundo, viaje que inició en Australia para luego recorrer Sudamérica, sin sospechar que en el sur del mundo encontraría su compañera de vida y aventuras. Junto a su esposa chilena continuaron su periplo cruzando Asia desde Afganistán a Singapur para finalmente radicarse en Melbourne donde Thierry trabajó durante quince años en la industria vitivinícola australiana.

En 1989 el matrimonio, ahora con dos hijos, regresa a Chile y en el sector de Tapihue establecen uno de los primeros viñedos del valle de Casablanca. Pero conocedores de que el proceso de guarda es vital para lograr vinos de calidad sobresaliente fundan también la filial sudamericana de la prestigiosa tonelería francesa Nadalié.

Charles, el hijo menor de los Villard, creció entre viñedos, barricas y descorches por lo que no es extraño que tras estudiar agricultura en Chile se trasladara a Francia a perfeccionar sus conocimientos y trabajar en prestigiosas viñas, viaje que terminará llevándolo a la Borgoña.

La travesía de los Villard, asentados en el clima frío de Casablanca pero con fuertes raíces en el viejo continente, es similar al recorrido del Pinot Noir hacia el Nuevo Mundo. Compartir una misma historia permitió a estos franco chilenos conocer mejor que nadie todo el potencial de la cepa.

Ya en su línea de entrada, Expresión, el Pinot Noir de Villard muestra toda la frescura y potencia de la uva aportando también algunas luces de complejidad, pero es sin duda con Grand Vin donde la distancia entre Casablanca y la Borgoña pareciera desaparecer.

Review

Grand Vin Le Pinot Noir es fruto de una delicada selección de uvas del valle de Casablanca y una guarda de diez meses en esas barricas de ese roble francés que tan bien conocen los Villard.

Se nos presenta a la vista con un suave tono rubí medio y ribete claro que ya aporta luces de su elegancia.

En primera instancia su nariz pareciera solo mostrar la típica intensidad frutal del Nuevo Mundo, pero con el reposo adecuado se abre en capas, cada una de mayor profundidad, donde se suceden fresa, cereza, zarzaparrilla, suave caramelo, piel de naranja y almendras tostadas.

En boca desde la apertura denota su balance y sutileza con suaves y ligeras notas frutales equilibradas en una persistente acidez media alta. Sus taninos delgados y de baja astringencia contienen un delicado dulzor de caramelo de leche; y conforme avanza en el paladar se manifiesta el magnífico trabajo en barrica aportando fino chocolate y frutos tostados que entregan fuerza y volumen a un final largo y delicado.

Es importante precisar que Grand Vin es un vino noble y orgulloso que no entregará sus virtudes solo por el mero acto del descorche, ello sería igualarse a una lata de gaseosa que basta ser abierta para acompañar cualquier fast food. La correcta temperatura de servicio y una oxigenación de al menos un par de horas, idealmente en decanter, permitirá percibir como este Pinot Noir es un pequeño viaje a su natal Borgoña sin renunciar a la frescura de las lomas casablanquinas que lo adoptaron.

A la hora del maridaje es una buena opción para acompañar pescados azules y mariscos que en su cocción hayan aumentado su peso en boca como salmón ahumado, tataki de atún o pulpo a las brasas. Pero su complejidad le permite ir mucho más allá acompañando guisos ligeros e incluso plantarse de igual a igual con algunos de los clásicos de la gastronomía francesa como el Beouf Bourguignon y el Confit de Canard.

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