1865 Carmenere – Atento al Maule

Madurez o acidez es una de las dicotomías del vino y en especial de una cepa que tiene ciertos problemas con ambas como es el caso del Carmenere.

La madurez es vital para asegurar la concentración de azúcar en la uva, materia prima sobre la que actuarán las levaduras en la producción de alcohol y que también determinarán el cuerpo y sabor del mosto. La necesidad de una correcta maduración se hace aun más imperiosa en cepas como el Carmenere para reducir su particularmente alta concentración de pirazina, sustancia que nos recuerda el aroma y sabor de un pimiento verde.

Como es obvio suponer la irradiación solar es el principal agente que contribuye a la madurez de los racimos y en cuanto a la pirazina la ecuación es simple: a mayor temperatura por mayor tiempo menor concentración.

La acidez por su parte ayuda a equilibrar la suma del dulzor residual y aquel aportado por la crianza en roble, además de definir fluidez y frescor. Sin embargo su aporte va mucho más allá de lo organoléptico ya que también es el principal argente anti bacteriano, y por consiguiente preservante,presente en el vino cuya concentración determina en gran medida las opciones de larga guarda y envejecimiento en nuestras cavas.

Si el calor es clave para asegurar la correcta madurez, la moderación del mismo resulta fundamental a la hora de elevar los niveles de acidez.

Para algunas variedades como Cabernet Sauvignon o Malbec, el camino pasa por su cultivo en valles de intenso calor diurno con un notorio descenso de temperaturas durante la noche, en tanto para Sauvignon Blanc o Pinot Noir la mejor opción es un clima más bien frío y sin grandes oscilaciones térmicas que permita una maduración lenta y pausada.

Sin embargo en el caso del Carmenere la ecuación madurez/acidez resulta particularmente compleja por los altos contenidos de pirazina de la uva y su natural tendencia a una baja acidez. En términos simples si optamos por asegurar la maduración cultivando en valles cálidos es muy probable que el resultado sea un vino de muy baja acidez cuya ausencia, además de no permitir la opción de envejecimiento, redundará en una falta de equilibrio frente al dulzor frutal que terminará resultando pesado y hostigoso; en la dirección contraria si optamos por asegurar la acidez con la ayuda de un clima más frío corremos el riesgo de que los racimos no alcancen su madurez óptima previo a las lluvias otoñales que forzarán la vendimia, dando como resultado un vino de alto contenido pirazínico y fruta apagada en boca y nariz.

Una forma de ayudar a este equilibrio ha sido asegurar la madurez en terruños más bien cálidos reforzando la acidez mediante la incorporación de algún porcentaje de Cabernet Sauvignon, Malbec o Carignan, como es usual encontrar en lo buenos exponentes procedentes de los valles del Maipo y Apalta; mientras en materia de monovarietales hasta hace poco tan solo Peumo y su vecina localidad de Almahue, en la ribera contraria del río Cachapoal, parecían reunir las condiciones de suelo y clima necesarias para entregar vinos maduros y de acidez relativamente elevada.

Si bien el Carmenere se cultiva desde los valles de Aconcagua al Maule, lo que no es de extrañar considerando que es la segunda variedad tinta con mayor presencia de hectáreas en el país, hasta hace solo algunos años el río Tinguiririca parecía ser el límite sur para los exponentes de alta calidad en la cepa, pero la vitinicultura es una actividad dinámica y las supuestas fronteras están en constante movimiento.

El cultivo en el Maule se inicia hacia fines de la década del noventa, pocos años después del re descubrimiento de la cepa, no por el necesario convencimiento de reunir las mejores condiciones de suelo y clima sino por la necesidad de aumentar los volúmenes de producción de la variedad que ya se vislumbraba como la insignia, a nivel masivo, dentro de los vinos nacionales. De esta forma el ligero, ácido, pero verde Carmenere del Maule era y es “equilibrado” con el sobremaduro mosto extraído a pie cordillerano para abastecer las botellas de menos de U$ 5 que repletan los anaqueles de supermercados bajo la denominación valle central.

“Abril lluvias mil” solía ser un certero refrán tiempo atrás pero la mega sequía que a consecuencia del calentamiento global nos afecta desde hace ya casi una década ha retrasado la llegada de las primeras lluvias otoñales hasta fines de mayo e incluso mediados de junio. Esta dramática situación, en especial para la agricultura, ha resultado insospechadamente beneficiosa para el Carmenere cultivado en el Maule que en los últimos años ha contado con cuatro a seis semanas adicionales para completar su pausada maduración logrando de esta forma reducir sus concentración de pirazina a la vez de mantener su nivel de acidez.

Bodegas como J. Bouchon, Terranoble, Oveja Negra y sobre todo la centenaria Viña San Pedro han establecido en el Maule sus principales cuarteles de la cepa aportando una nueva camada de vinos ligeros, frutales, en su gran mayoría maduros, y con una acidez sobre la media que abre excelentes opciones de destinar algunos de estos ejemplares a envejecimiento en cava por hasta una década.

La localidad de Pencahue se emplaza diez kilómetros al oeste de Talca y poco menos de treinta de la costa en a dirección contraria. Sus campos se cobijan a la sombra de las faldeos de la Cordillera de la Costa, el valle completamente abierto al poniente les permite recibir más de doce horas de luz en verano y los vientos costeros y cordilleranos, que se mueven por la cuenca del río Claro, actúan como un magnifico regulador de la temperatura.

En estas tierras Viña San Pedro estableció los cuarteles de Carmenere que alimentan Tierras Moradas, su vino ícono de la variedad y cuyo nombre hace honor a los oscuros suelos arcillosos del lugar.

Hablamos de un vino en donde el equilibrio entre fruta madura y acidez ha logrado un balance tan depurado que es quizás el único exponente de la cepa en poder vanagloriarse de un potencial de guarda que oscila entre los quince y veinte años; pero como es de suponer hablamos también de un mosto que bordea justificados U$ 50.- la botella.

Es por lo mismo que la bodega encargó al enólogo Matía Cruzat reflejar las magníficas condiciones de este terroir en un vino de gama media, más asequible para el común de los mortales, como lo es el Carmenere de la colección 1865 Selected Vineyards.

Review

1865 Selected Vineyard Carmenere es alimentado por las uvas extraídas de los “selectos viñedos” Las Lomas y Las Moradas, ambos emplazados en Pencahue, valle del Maule.

Para lograr un perfecto balance entre las notas de fruta y roble en su crianza, como en de los demás tintos de la etiqueta, se ha privilegiado el uso de fudres de roble que aportan elegancia y complejidad pero con un toque más sutil de madera y con menor presencia de tonos tostados que aquellos criados en barricas.

Este Carmenere a la vista se nos presente de un profundo rubí de brillos violáceos y con una intensa nariz donde abunda arándano, maqui, pimienta blanca, anís, café tostado y pimiento rojo asado.

En boca abre con fruta perfectamente madura, cuerpo estructurado pero sin perder fluidez, acidez llamativamente alta para lo habitual de la cepa y que resalta aún más luego de un par de años de cava cuando los tostados de madera y el residual de pirazina ha cedido; taninos tensos, aterciopelados y de exquisito especiado.

Final intenso donde predominan ciertas notas que nos recuerdan un café expreso recién servido y un suave dejo a cassis que se prolonga en un delicado dulzor en el retrogusto.

Usualmente el Carmenere es maridado con carnes gruesas, como plateada o costillar de cerdo, y este sin duda da el ancho para tal tarea, pero la intensidad de sus tonos frutales y el complejo especiado de sus taninos adquieren mayor presencia al acompañar platos igualmente arraigados en nuestra tradición campesina pero con una boca más sedosa como es el caso de las Humitas o el Pastel de Choclo.

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