Cartagena Riesling – Sentado frente al Mar

Para los amantes del vino el Riesling es algo así como la joya de la corona de las cepas blancas. Primero porque escapa por completo a la paleta aromática Sauvignon Blanc/Chardonnay, pero por sobre todo por ser uno de los pocos blancos con verdadera opción de larga guarda, y nos referimos por verdadera a que no solo se conserva bebible sino que muestra una compleja evolución en aroma y textura, y por larga a que puede permanecer en cava por varias décadas como ocurre en particular con aquellos provenientes de la Alsacia francesa.

La cepa nace en la cuenca del Rin en Alemania, y aunque el cultivo de la vid en la zona data de la época del Imperio Romano las primeras referencias de este vino recién las encontramos a mediados del siglo XVI.

El Riesling es la antípoda de los vinos mediterráneos, devoto amante del frío crece sin problemas e incluso muestra su mayor potencial en zonas que habitualmente se cubren de nieve en invierno; por lo mismo su cultivo se extendió por los faldeos Alpinos en el oeste de Alemania, Austria, Suiza y la región de Alsacia en el extremo nororiental de Francia.

La cepa fue traída a Sudamérica y particularmente a Chile por Viña Ochagavía a mediados del siglo XIX junto a una selección de las principales variedades de Burdeos, Borgogna y Alsacia.

Pero Los Andes no son Los Alpes, y si bien las cepas tintas, sobre todo Cabernet Sauvignon y Malbec, se adaptaron a la perfección a las serranías andinas, los vinos blancos en su mayoría no corrieron igual suerte y en particular el Riesling fue una de los más afectados perdiendo en este nuevo terroir buena parte de su exquisita ligereza y profundidad aromática lo que lo relegó a un lugar más que secundario durante más de un siglo.

Sin embargo la suerte de la cepa ha cambiado en las últimas décadas. Por una parte, a consecuencia del calentamiento global, las fronteras del cultivo vitivinícola se han desplazado hacia al sur, llegando a las mismas puertas de la Patagonia, donde la uva ha encontrado un clima similar al que la vio nacer mostrando interesantes resultados como ha sido el caso de los muy buenos Riesling producidos por Casa Silva en la ribera del Lago Ranco. Pero sin duda el principal cambió se dio al romper el autoimpuesto paradigma de cultivar a la sombra de Los Andes y mover los viñedos a las costas del Pacífico donde la neblina y brisa marina actúan como reguladores térmicos dando origen al concepto de Vinos de Clima Frío, y donde el nombre de Mariluz Marín resulta fundacional.

La década del ’90 trastocó y transformó por completo el mundo del vino en Chile. Los tratados de libre comercio firmados post dictadura obligaron a las bodegas tradicionales a modernizarse y ampliar su producción pero a la vez esta apertura al mundo dio cabida a que pequeños productores encontrarán un creciente nicho en los “vinos de autor” que dio inicio al rescate uvas nativas y tradicionales sobre todo en el secano maulino, se redescubrió el Carmenere que rápidamente se convirtió en la nueva cepa insignia, y en uno de los cambio más radicales Pablo Morandé, desafiando las ideas de los demás enólogos nacionales, inicia el cultivo de Sauvignon Blanc en el valle de Casablanca a “tan solo” 30 kilómetros del Océano Pacífico, osadía que fue seguida por Charles Villard que suma el PInot Noir al referido valle y que termina por parecer “moderada” cuando unos pocos años después Maríluz Marín rompe los nuevos límites al establecer sus cuarteles a solo cuatro kilómetros de la costa.

María Luz Marín, oriunda y enamorada de Cartagena, no ha sido solo la primera mujer en desempeñarse como enóloga en una viña en Chile sino también la primera en fundar y dirigir una viña en América del Sur, y la primera en establecerse en las costas del Océano Pacífico.

Amante y defensora de su terroir no se conformó a tener que etiquetar sus vinos bajo la DO San Antonio y no descansó hasta lograr que en 2018 la localidad de Lo Abarca, donde se emplazan sus cuarteles, fuera reconocida por su propia Denominación de Origen. Empresa que también favoreció el reconocimiento de la identidad de Apalta, Los Lingues y Licantén.

Casa Marín, como es de esperar por su ubicación, se concentra únicamente en la producción de vinos de clima frío y entre estos destacan sus blancos ampliamente reconocidos a nivel mundial.

En su línea Single Vineyard destaca Cipreses, quizás el Sauvignon Blanc con mejor opción de guarda en el país; Estero, un sorprendente Sauvignon Gris; y Miramar, para muchos el mejor Riesling nacional que alcanza un nivel extraordinario luego de los diez años de guarda.

El magnífico Miramar Vineyard así como sus hermanos tienen un coste cercano a los U$ 25.-, un precio bajo si lo comparamos con vinos similares en el extranjero y que quienes valoran la calidad están dispuestos a pagar, pero que no resulta un “punta de precio” atractivo para las góndolas de supermercado que finalmente son las que generan nuevos consumidores y posicionan una marca. De esta forma, y en honor a sus orígenes, hace ya diez años lanzaron la etiqueta Cartagena, una línea de vinos jóvenes que, manteniendo la superlativa calidad de la bodega, resultan más asequibles para quienes desean descubrir el sabor y frescor de estos blancos fríos.

De esta forma Miramar es una excelente opción para quien destina sus vinos a guarda y desee degustar la evolución del Riesling durante el paso de los años, mientras por su parte Cartagena es un vino fácil de beber pero sin sacrificar las complejidades de la cepa que resulta la mejor opción para quienes quieran conocer la variedad, refrescar un caldo marino o equilibrar un especiado plato de cocina oriental.

Review

Cartagena Riesling proviene de los cuarteles de Casa Marín en la localidad de Lo Abarca en una combinación de suelo granítico (60%) y arcilloso (40%) y a menos de cinco kilómetros del Océano Pacifico condición costera que se refleja en su caracter.

A la vista se presenta amarillo pajizo, casi trasparente pero de cuerpo levemente oleoso.

Su nariz es principalmente frutal, plena de notas de membrillo, durazno banco, piel de mandarina, fruta confitada, un suave dejo a miel. Las aromas a cera y parafina que seducen a los amantes de la cepa y asustan a los iniciados acá son suaves y amables.

Resalta su boca fresca y ligera, de suave dulzor y acidez al borde de la crocancia. En su final se nota su origen ligado al mar destacando las notas minerales y salinas complementadas por un suave amargor de piel de naranja.

Vino fresco hecho para beber hoy, si bien tiene cierto potencial de guarda aunque no al punto de los grandes exponentes de la variedad. La recomendación es aprovechar su perfil ligero para acompañar un cebiche de mariscos, aunque donde alcanza sus mayores luces es equilibrando y aportando frescor a un cálido caldo marino y sobre todo a los platos de la cocina oriental, como una picante sopa tailandesa o un ultra condimentado hervido chino.

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