Toro de Piedra Gran Reserva – CS Colchaguino

Chile cuenta con muy buenos vinos sin lugar a dudas, pero solo uno de ellos puede ser considerado de categoría mundial y este es el Cabernet Sauvignon oriundo del Maipo. Exquisito mosto mezcla de frutos rojos y negros, cuerpo recio, taninos cargados de mentol eucalipto y que con la guarda adecuada puede envejecer varias décadas complejizando su nariz con aromas de especias y dátiles a la vez de llenar su boca de elegancia.

La zona de cultivo del Cabernet Sauvignon abarca una franja de más de 400 kilómetros desde la precordillera andina en el valle de Aconcagua hasta la provincia de Cauquenes en el secano maulino, atravesando cinco de las principales zonas de producción vitivinicultora del país.

Como es de suponer en todos estos valles se buscó replicar la exitosa fórmula que dio reconocimiento mundial a los vinos maipinos, pero la madurez exacta y sobre todo las refrescantes notas mentoladas resultaron exclusivas del valle capitalino y en particular de los terroir de Peñalolen, Puente Alto, Pirque y Alto Jahuel, zona de pie cordillerano bien llamada Maipo Andes.

En muchos casos el resultado fue vinos sobremaduros, excedidos en madera y por consiguiente pesados de beber, siendo quizás la única excepción notable aquellos producidos en el valle de Curicó, en particular los oriundos de Sagrada Familia, en la cuenca del río Lontué, donde la ausencia de menta fue suplida por un intenso, elegante y seductor cassis que también se hace presentes en sus muy buenos Petit Verdot.

El primer cambio de rumbo lo dieron los productores del Maule, en especial aquellos del secano costero, que ya habían logrado imprimir identidad al Carignan transformándolo de otrora una verdadera mermelada a un vino igualmente intenso pero de cuerpo ligero y frutal.

De esta forma el Cabernet Sauvignon maulino disminuyó considerablemente su carga de madera permitiendo que su fruta roja y notas de hierba provenzal se expresaran a cabalidad, dando al vino un perfil refrescante que le permitió escapar del grueso de maridaje de carnes rojas y lo hizo el compañero perfecto de quesos y charcutería en una tarde de terraza.

En este escenario los demás valles se vieron obligados a elegir entre seguir un estilo clásico, a costa de no alcanzar las alturas de Maipo y Curicó, o un perfil moderno que difícilmente estaba en su ADN.

Pero Colchagua, quizás la más emblemático y tradicional de las zonas vitivinícolas, logró encontrar una tercera vía, un punto medio entre ambos estilos donde potencia y frescor, tradición y modernidad pueden convivir en armonía, de la misma forma que en dicho valle conviven Apalta, con sus centenarias parras de uvas bordolesas, y Paredones, que amenaza convertirse en la nueva meca de las cepas de clima frío.

Así como Santa Cruz se encuentra equidistante entre Pirque y Cauquenes, hoy en día buena parte del Cabernet Sauvignon colchaguino nos entrega un balance de estructura y ligereza, un cuidado equilibrio entre fruta y madera que bien sirve de compañía a una gruesa pieza de lomo vetado, un contundente caldo, una crujiente pizza o una fresca ensalada de parmesano y prosciutto; y en este sentido el Toro de Piedra Gran Reserva es uno de sus muy buenos exponentes.

Toro de Piedra es la principal etiqueta de Viña Requingua, bodega fundada por el agrónomo Santiago Achurra en 1961 y que en sus orígenes se dedicó a la producción de vino a granel extraído en forma tradicional de antiguos parrones plantados en las cercanías de Sagrada Familia.

Con el cambio de milenio la bodega decide iniciar el embotellado y lanzar su propia etiqueta. Para el nombre se inspira en una leyenda local según la cual ciertas rocas que podían ser interpretadas como zoomorfas correspondían a animales petrificados por misteriosas artes mágicas y para complementar el concepto se pidió al artista Pablo Lo Valdés la creación de la escultura de un toro hecha con piedras recolectadas en la zona.

De esta forma nace Toro de Piedra y la referida escultura es la que hoy vemos en su etiqueta.

De más está decir que el éxito de un vino no depende tan solo de su etiqueta, en ocasiones ni siquiera de su calidad, sino de la venta de un concepto a un nicho de consumidores dispuesto a aceptarlo.

Abrirse paso con una nueva etiqueta en el mercado de los vinos Gran Reserva dominado por bodegas centenarias con marcas consolidadas en los gustos de los vinofilos más tradicionales resultaba una tarea titánica, por lo mismo decidieron orientar su etiqueta a un público entonces más joven con vinos fáciles de beber, ligeros y frutosos aunque sin perder el carácter del varietal, criados principalmente en roble americano o roble francés de segundo uso a fin de hacerlos menos agresivos al paladar iniciado.

La propuesta resultó en un éxito que se alineo con el gusto de sus consumidores y en busca de potenciar esta apuesta decidieron mover sus cuarteles de Cabernet Sauvignon al valle de Colchagua donde el carácter de sus uvas permitía combinar tradición y modernidad.

Review

Este Toro de Piedra se nos presenta a la vista de un brillante y profundo tono rubí rodeado de un áureo ribete claro.

En su nariz predomina cerezas y ciruela roja, suave vainilla, notas de chocolate bitter aportadas por la barrica americana para finalizar con un sutil y seductor dejo de pimienta blanca recién molida.

La crianza en barrica americana aporta estructura pero sin hipotecar la fluidez de un vino fresco y ligero que abre con fruta viva y madura equilibrada en una acidez media de buena persistencia; luego viene el recio ataque de sus taninos firmes y nerviosos, que a dos años se muestran bastante limpios de madera y con un suave gusto a chocolate dulce.

La fruta retorna en su final que cual cocktail de arriesgado autor mezcla jugo de granada, cacao bitter y pimienta blanca; componentes que al ser listados parecieran no tener nada en común pero reunidos en boca resultan en una armoniosa combinación que cierra el paso de este muy buen vino.

Muy buena opción para maridar carnes rojas asadas en parrilla, guisos de larga cocción y abundante especiado, pastas rellenas y quesos. Pero acompañando caldos carneos, como nuestros tradicionales ajiacos o cazuelas, es donde resulta el complemento perfecto.

Este Gran Reserva es el Cabernet Sauvignon de Colchagua en su forma más clásica, pero también lo es en su lado más moderno.

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